En la memoria de todos

En la memoria de todos: Cuando la blanquísima cocina acabó negra


Todos, en algún momento de nuestras vidas, vivimos situaciones de esas que quedan en la memoria para siempre. Está claro que los momentos duros, difíciles o malos, suelen ser de los que cuesta olvidar. Pero, afortunadamente, también quedan grabados para siempre en la memoria de todos las situaciones felices, los momentos extraordinarios, las anécdotas graciosas y divertidas o, simplemente, escenas cotidianas que vivimos y que se nos quedaron grabadas por algo “especial”. Y eso tan especial puede ser algo tan sencillo y tan cotidiano como unas manchas en la cocina.

¿Y por qué os cuento esto? Pues es que resulta que, hace unos días, a través de la newsletter de Madresfera (que si aún no estáis suscrit@s os animo a que lo hagáis ya) vi una propuesta en la que, junto a KH7, nos animaban a contar nuestras anécdotas e historias con las manchas. Esas que quedan en la memoria de todos. Automáticamente me vino a la cabeza aquel día en el que, gracias a mi cabeza loca, a puntito estuve de provocar un desastre en casa de mis padres. Y en el que al final todo quedó en un gran susto y unas negras manchas en la blanca cocina, que obviamente quedaron grabadas en la memoria de todos: En la mía, en la de mis padres… Y en la de mi pobre amiga a la que llamé desesperada para que me ayudase con aquel desaguisado.

 



 

 

Vaya por delante que hoy puedo contarlo con humor y desde la perspectiva que da los años que ya han pasado (unos 30 por lo menos). Pero la verdad en que en su momento la cosa fue muy seria y es que… ¡Con el fuego no se juega! Pero mejor os lo cuento desde el principio. La cosa fue así…

En la memoria de todos

😰 Cuando la blanca cocina de mis padres acabó negra

Una mañana, cuando tendría 13 o 14 años, llegué a casa de no me acuerdo donde y resultó que no había nadie. Ese día íbamos a comer a casa de mi abuela, pero como aún era temprano, decidí quedarme un rato sola en casa viendo la tele, leyendo o algo. Al entrar en la cocina vi que sobre uno de los fogones apagados había una pequeña sartén con cera endurecida que mi madre utilizaba para depilarse. Recordad que hablamos de hace 30 años. Entonces no era habitual que en todas las casa hubiese ni microondas, ni maquinas para hacerte la cera, ni nada por el estilo. Simplemente se cogía un cacito o una sartén pequeña y, con mucho cuidado, se derretían las perlas de cera.

La cuestión es que sentía cierta fascinación por ver las cosas derretirse. (A ver… Voy a hacer un inciso. Que dicho así puede sonar raro. Pero qué le voy a hacer. Todos tenemos nuestras cosillas. Y no es que sea una pirómana encubierta. Más bien creo que a veces la cabeza no nos da para más. Y en esos años entre las hormonas y el apardalamiento adolescentil, creo que la neurona andaba más despistada de lo normal) Pero vamos, que dicen que no hay nada mejor para poner los pies en tierra que una buena bofetada de realidad. Y ya os digo que con la que me llevé aquel día, la fascinación se me quitó de golpe.

 

 

Un susto monumental

Como os iba diciendo, me gustaba ver la cera derretirse. Así que no se me ocurrió otra cosa que encender la cocina y poner el recipiente con la cera sobre el fuego. Con lo que no contaba era con que no sabía que la cera es inflamable y que cuando pasa de cierta temperatura, aunque no se haya derretido totalmente la capa superior, se prende fuego. Así que ahí estaba toda ensimismada mirando cuando de repente la paellita empezó a arder.

Inmediatamente apagué el fuego, pero claro, la paella seguía ardiendo. Apagarla habría sido tan simple como poner una tapadera encima. Peeeeero… A mi no se me ocurrió. En la única cosa que mi cabeza pensó fue echarle agua encima. Cosa que, en realidad, era mucho más peligrosa que haber dejado que se consumiese la llama por si sola.

Total, que llené una jarra de agua y la lancé (el agua, obviamente. No la jarra entera) sobre la llama, al tiempo que daba un salto para atrás digno de una pelí de ninjas. Vamos, que aún me veo a mi misma parapetada detrás de la puerta del salón mientras una enooooorme nube de humo negra salió como una exhalación de esa mini paellita. Dejando algunos de los blanquísimos muebles de la cocina y una zona del techo negros como el tizón. Además de pedacitos de cera pegados por todos lados. Ya os podéis imaginar el cuadro. ¡Me quería morir!

 

Hora de arremangarse y limpiar la cocina

Tenía que limpiar aquello como fuese antes de irme a comer a casa de mi abuela. Algo completamente imposible, aunque en ese momento no fuese capaz de verlo. Así que no se me ocurrió otra cosa que llamar a una de mis mejores amigas para que acudiese al rescate.

 

Manos escurriendo una bayeta

 

Ahí estábamos las dos, tirando de trapos, agua, detergente y lejía. Frotando como locas con la intención de sacar esas manchas lo antes posible. Pero aquello avanzaba muy despacio. Entre nuestra poca experiencia (vamos, que no teníamos ni idea de lo que estábamos haciendo), que había mucho, pero mucho que limpiar y que entonces no había los productos para quitar manchas que tenemos hoy día… De repente, mientras estaba subida en la encimera intentando limpiar la mancha negra del techo, la puerta de la cocina se abrió y aparecieron mis padres. Eran las tres de la tarde y no nos habíamos dado ni cuenta. Como no había aparecido a comer, habían venido a casa a buscarme, por si había pasado algo. Y vamos si había pasado. Su cara era un poema.

 

Lecciones aprendidas

Ese día aprendí muchas cosas: Aprendí que hay situaciones que siempre estarán en la memoria de todos. Aprendí que hay que pensar bien lo que vamos a hacer y sopesar los riesgos, antes de hacer lo que parece una tontería. Aprendí que las buenas amigas siempre estarán ahí, aunque sea para coger un trapo. Y aprendí que para limpiar bien a fondo una cocina hay que dedicarle tiempo, ser concienzudo y usar los productos adecuados. Mi madre se encargó ese día de enseñármelo. Y, por supuesto, me tocó terminar de limpiar la cocina enterita.

Por cierto, a día de hoy, mis padres siguen teniendo la misma cocina blanca de entonces. 😉

¿Qué anécdota tienes tu con las manchas que aún resuena en la memoria de todos? ¿Te ha pasado alguna cosa así?

👉 Quizá también te interese…

 

* Foto de portada creado por freepik – www.freepik.es

Artículos relacionados...

No hay comentarios

Escribir comentario

Resumen de la política de privacidad del sitio
  • Responsable de los datos: Mª José Planelles Palomares.
  • Finalidad: Para gestionar los comentarios que realizas en este blog.
  • Requeridos: Nombre e email, además de una IP que se almacena para posible adminitración contra el Spam y seguridad.
  • Legitimación: Consentimiento del interesado.
  • Lugar: Como usuario e interesado te informo que los datos que me facilitas estarán ubicados en los servidores de hosting de http://conlosninosenlamochila.com dentro de la UE.
  • Tiempo: Los datos se mantendrán hasta que los dejes de baja tu, o se cierre la web.
  • Derechos: Podrás ejercer tus derechos de acceso, rectificación, limitación y suprimir los datos en info@conlosninosenlamochila.com así como el derecho a presentar una reclamación ante una autoridad de control.
  • Más Información: política de privacidad completa.